Corazón Salvaje - Segunda Parte: El Fantasma de Aimée

Escrito por Lady Sybilla

Capítulo 1

Era un dorado atardecer de otoño en Campo Real. Juan del Diablo jugaba sobre la hierba con el pequeño hijo que había tenido con su esposa, la hermosa y distinguida Condesa Mónica de Altamira. En la distancia se veían pasar los peones de la hacienda con sus caballos. El ambiente en Campo Real había cambiado muchísimo desde que Bautista, el antiguo administrador, había muerto.

Ahora los peones y sirvientes se veían alegres, haciendo sus quehaceres con una sonrisa de paz en sus rostros, sin temor a que los fueran a dar de latigazos o correrlos de repente. Todos parecían haber olvidado la pesadilla y el infierno que una vez había sido aquel lugar hace casi dos años atrás cuando Bautista era el administrador.

Tantas cosas eran distintas ahora que Juan se había hecho cargo de Campo Real, ahora que llevaba el apellido al cual había tenido derecho sin saberlo la mayor parte de su vida. En vez de Juan del Diablo, su nombre legal era Juan Alcázar y Valle, tal y como su padre lo había ordenado en su testamento poco antes de morir.

—¡Juan Andrés!— gritó Juan al ver a su retoño tambaleándose mientras trataba de correr con sus torpes piernecillas de bebé atolondrado.

El niño apenas estaba aprendiendo a caminar, y Juan todavía se sentía nervioso de que se fuera a lastimar.

En ese momento, Mónica salió al jardín, y Juan se quedó boquiabierto al ver lo radiante que se miraba su mujer con un vestido nuevo de satín lila y adornos de encaje blanco que había comprado en la capital.

— ¡Juan, el niño! — protestó Mónica cuando el pequeño se escondió detrás de unos matorrales.

Juan se apresuró a perseguir al chiquitín. Era el tesoro más valioso de su vida, y no permitía que estuviera sin supervisión ni siquiera por la noche cuando dormía tranquilamente en su cuna. A todas horas del día y la noche, siempre había alguien de turno para cuidar del niño. No se quedaba solo ni un segundo.

Al cruzar los matorrales para recoger al pequeño, Juan de pronto se encontró con una criada sentada en un banco. La joven llevaba en sus manos un bastón. Su mirada perdida y sus ojos llenos de cicatrices eran indicación obvia de que estaba ciega.

Juan inmediatamente la reconoció: —¿Lupe?— le preguntó confundido. —¿Y tú que andas haciendo por aquí?

—Ah, Señor Juan,— lo saludó ella mientras intentaba orientar su cara en dirección al sonido de la voz de Juan. —Disculpe. No sé si se dió cuenta que ahora vivo con Tehua, la curandera.

—Si— respondió Juan. —Me dijo Mónica que Tehua te ayudó cuando te lastimaste el día del terremoto. Siento mucho que hayas perdido la vista.

—No se apure, joven. Lo importante es que sobreviví.

Juan permaneció en silencio, pensando por unos segundos, y luego le preguntó: —¿Quién te trajo a Campo Real?

Lupe bajó la cabeza y se encogió de hombros.

—Contéstame, Lupe. No creo que Doña Sofía se alegre mucho si te ve por estos rumbos. Ya sabes que no soporta nada que le recuerde a Aimée.

Lupe se mostró nerviosa e hizo un esfuerzo por levantarse para irse caminando con ayuda de su bastón. Sin embargo, no llegó muy lejos, pues Juan la tomó por el brazo y la obligó a sentarse de nuevo en el banco.

—Señor Juan, por favor. Esque yo... bueno... pues... yo... yo vine con Tehua.

—¿Con Tehua? ¿Y quién las mandó a llamar? Mientras Andrés esté de viaje, yo soy el dueño y señor de Campo Real. Aquí no entra nadie si no es con mi permiso.

—Pero, señor— gimió Lupe como fiera acorralada.
—Tehua le salvó la vida a su merced cuando le dispararon en el estómago. Yo creía que usted confiaba en ella.

En ese momento se acercó Mónica. —¿Qué sucede, Juan?— dijo extendiendo sus brazos para pedirle el niño a su marido. Entonces se volteó a mirar a Lupe e hizo un gesto de asombro al reconocerla:
—¿Lupe?

Sonriendo, Lupe le contestó: —Niña Mónica, qué gusto volver a oír su voz después de tanto tiempo. Cómo quisiera poder conocer a su chamaquito. Me han dicho que se parece mucho a usted, mi niña.

Notando cómo Mónica apretaba al pequeño fuertemente contra su pecho, Juan se percató de que estaba nerviosa. Entonces él intercambió miradas de sospecha con ella.
Mónica titubeó y luego dijo: —Eh, discúlpanos un momento, ¿sí, Lupe?

Juan y Mónica se alejaron un poco.

—Ay, mi amor, no me digas que piensas recibirla aquí— le susurró Mónica al oído.

Juan le aseguró con voz firme: —Eso nunca. Sabes muy bien que no me interesa revivir fantasmas del pasado.

—Entonces ¿Qué hace aquí?

—Precisamente eso es lo que estaba intentando averiguar cuando llegaste— explicó Juan.

—Disculpa que te interrumpiera, cariño, pero esque me pareció que discutías con ella.

Juan apretó la mandíbula. —Es por que no me quiere decir para qué vinieron ella y Tehua a Campo Real.

—¿Vino con Tehua?— Mónica se mostró tan sorprendida como Juan al saberlo. —Eso está muy extraño. ¿Qué asuntos puede tener Tehua aquí?

Besando a Mónica y a su pequeño en la frente, Juan respondió: —Te aseguro que voy a sacarle la verdad. Anda, ve adentro a prepararnos la cena. Yo me encargo.

Juan se quedó más tranquilo al ver la sonrisa dulce en los labios de su amada. Era una de las cualidades de Mónica por las cuales él seguía tan enamorado de ella. Además de ser una mujer bella y luchadora, Mónica era una esposa dócil y obediente. Aunque de vez en cuando discutían por detalles insignificantes, Juan siempre sabía que Mónica confiaba plenamente en él. Aún la amaba con la misma pasión e intensidad que ella había despertado en él durante la noche de bodas.

Mientras miraba a Mónica entrar a la casa con Juan Andrés en sus brazos, Juan se apresuró a regresar donde estaba Lupe. Sin embargo, ya para este entonces, Lupe había desaparecido.

En ese momento Juan vio pasar a Azucena, quien ya se había casado con Joaquín. Juan había permitido que todos sus amigos se vinieran a vivir a Campo Real a ayudarle con la administración de la hacienda. Solamente el Tuerto y Meche se habían quedado viviendo en la taberna de San Pedro, pero todos los demás habían aceptado la invitación de Juan.

Juan se alegró al ver a Azucena, quien ya andaba de encargo de nuevo. Sólo que esta vez su bebé era de Joaquín.

—Azucena—le llamó Juan.

—¿Sí, Juan?—contestó Azucena frunciendo el seño.

—¿Qué te pasa?

Juan sabía que Azucena lo conocía muy bien. No tenía que decirle nada, pues ella leía todos sus gestos a la perfección. Aun así, Juan necesitaba llegar al fondo de la misteriosa visita de Tehua y de Lupe. El sabía muy bien que Azucena era la persona ideal a quien preguntarle sobre el asunto. Ella siempre estaba al tanto de todo lo que sucedía en la hacienda, especialmente ahora que Doña Sofía la había contratado como su nueva dama de compañía.

—Dime, Azucena. ¿Haz visto a Tehua?

Azucena evadió la mirada de Juan, pero aún así preguntó: —¿Cómo sabes que está aquí?

—Te he dicho que quiero que me mantengas informado sobre todo lo que pasa en Campo Real— dijo Juan perdiendo la paciencia.

—Esque yo...— Azucena miró a Juan con preocupación.

—Entonces lo sabías—.

—Pues sí, no te voy a mentir. Sí lo sabía, pero...—. Entonces Azucena no dijo más.

Juan se puso furioso y le habló en tono golpeado. —Azucena, tú a mí no me puedes engañar. Te conozco tan bien como tú me conoces a mí. Sé que me estás ocultando algo.

—No te enojes conmigo Juan, por favor.

—Entonces dime qué pasa— exigió él.

—Esque... la Señora Sofía envió a Joaquín a que las recogiera en San Pedro ésta mañana.

—¿Y para qué?— preguntó Juan con impaciencia.

—Pues eso sí que no lo sé. Lo único que te puedo decir esque la Señora Sofía tiene ya muchas noches sin dormir. Parece que le sucede algo, pero no me quiere decir qué es.
Sin decir otra palabra, Juan se fue directo a casa de Doña Sofía.

* * *

Capítulo 2

Al llegar a la entrada de la casa de la Señora Sofía, Juan se encontró con tres trabajadores guardando la puerta. Esto lo enfureció tanto, que tuvo que hacer un esfuerzo inhumano para poder contenerse.

—Déjenme pasar—les ordenó con voz firme.
Temblando, uno de los peones le dijo: —Perdone, patrón, pero tenemos órdenes de la Señora de no dejar entrar a nadie—.

—Doña Sofía va a hablar conmigo le guste o no— exigió Juan, y sin más ni más, les dio un empujón a los peones para que se quitaran de en medio.

Mas, justo cuando estaba a punto de abrir la puerta para entrar a la casa, Juan escuchó una voz familiar que lo hizo detenerse:
—Capitán, por favor, ellos no tienen la culpa—.
Era Serafín, el muchachito cojo que antes trabajaba en la taberna del Tuerto. Serafín había sido parte de la tripulación de Juan en el barco Satán antes que éste se hundiera un par de años atrás.

Juan siempre había sido muy compasivo y paciente con su tripulación. Nunca los había tratado como sirvientes, sino más bien como amigos. Era por eso que ellos eran extremadamente leales con él, pues Juan siempre les había demostrado que estaba dispuesto a velar por ellos y defenderlos contra cualquier peligro que enfrentaran.

Al ver a Serafín, Juan se calmó un poco. —Así que tu también ya estás enterado, ¿eh?—. Juan se rió con sarcasmo. —¡Genial! De modo que yo soy el último en enterarse de todo lo que sucede en la hacienda. Y yo que creía que era el patrón—.

—Por supuesto que sí, mi Capitán. Todos los trabajadores aquí le tienen mucho respeto y aprecio. Sólo que parece que esto fue una emergencia—. Serafín bajó la mirada mientras se encogía de hombros y luego continuó diciendo:
—La Señora no quería que nadie se enterara—.

Juan se enfureció tanto que su labio inferior comenzó a temblar. —Pues qué mala suerte, ¿no? Ahora le va a tocar decírmelo aunque no quiera—. Habiendo dicho esto, apretó sus puños y se fue marchando hacia la puerta como un soldado que va a la batalla sin mirar atrás.

—¡Capitán, espere un segundo por favor!—insistió Serafín. —¿No ve que entonces la Doña va a castigar a los obreros?—.

Juan tomó un largo suspiro para tranquilizarse y, mirando a Serafín directamente a los ojos, puso su mano sobre el hombro del muchachito en gesto de apoyo. —Mira, Serafín, si es eso lo que te preocupa, te aseguro, es más, te garantizo, que no les va a pasar nada, ¿entiendes?—.

Retorciendo el trapo que llevaba en sus manos, Serafín intercambió miradas de preocupación con los peones. Entonces se volteó a ver a Juan y dijo con resignación: —Está bien, mi Capitán. Como usted diga—.

—Ahora por favor ve a mi casa y dile a Mónica que no me espere para servir la cena—. Luego, bajando la voz, habló en un tono más amigable, pues le dolía mucho el haber tenido que ser tan duro con Serafín. —No sé cuánto me vaya a tardar y no quiero que se preocupe, ¿de acuerdo?—.

—En seguida, mi Capitán, no me tardo— respondió Serafín e inmediatamente se fue a cumplir con la orden de Juan.

Conforme Serafín se alejaba, Juan se dirigió a los peones quienes habían estado vigilando la casa de Doña Sofía hacía unos momentos: —Y ustedes no se apuren, muchachos, que yo me encargo de todo. Ahora necesito que vayan a buscar a Joaquín por favor. En cuanto lo encuentren, díganle que me espere en mi casa. Si les pregunta para qué, le dicen que me urge hablar con él—.

Para el tiempo en que los peones se marcharon, el sol se había puesto, y ya comenzaba a anochecer en Campo Real.

Rápidamente, Juan examinó sus alrededores para asegurarse de que no habían moros en la costa.
Habiéndose cerciorado de que estaba solo, procedió a entrar a la casa. Mas, sin embargo, muy pronto se dio cuenta de que la puerta estaba cerrada con llave.

—¡Maldita sea!— exclamó Juan, dándole un puñetazo tan fuerte a la puerta, que por poco se quiebra los nudillos. Lleno de frustración, trató varias veces de girar el pomo para intentar abrirlo a la fuerza, pero de nada le sirvió. Tendría que buscar otra manera de entrar.

Lo bueno era que las puertas cerradas nunca habían sido un obstáculo para Juan. Desde muy joven había aprendido a conseguir lo que se proponía sin importar lo difícil que esto fuera. Al fin y al cabo, ya tenía bastante experiencia en lo que se refería a entrar a las casas por las ventanas, puertas traseras o escalando los muros y las verjas.

Con esta idea fija en su mente, Juan decidió entrar directamente por el despacho, pues sabía que era ahí donde Doña Sofía recibía sus visitas confidenciales. Por suerte, no tuvo que hacer mucho esfuerzo para entrar, pues el despacho se encontraba en el primer piso, y, al empujar la ventana, Juan descubrió que estaba entreabierta.

Muy sigilosamente, logró colarse por la ventana y entrar al despacho sin ser detectado, mas le extrañó mucho encontrarse en completas tinieblas una vez adentro. Casi podía haber jurado que Doña Sofía estaría en el despacho, mas obviamente estaba equivocado. Por unos instantes, se quedó parado detrás de la puerta del despacho sin hacer ruido para ver si conseguía escuchar algo, pero la casa parecía estar vacía. No se oía ruido alguno.

<<¿Pero qué demonios sucede aquí?>> pensó Juan.

Entonces abrió la puerta del despacho y salió al pasillo que daba a la sala. También ahí estaban todas las luces apagadas. Ya para este tiempo, Juan estaba más que seguro de que Doña Sofía se iba a poner furiosa en cuanto lo viera, pero eso lo tenía sin cuidado. No pensaba irse de esa casa hasta no averiguar el secreto que Doña Sofía tanto estaba tratando de proteger.

Lo que más le extrañaba era que su madrastra no acostumbraba a confiar en curanderas. Después de todo, Juan sabía muy bien que ella era una mujer muy prejuiciosa y que además tenía un médico privado disponible las veinticuatro horas del día por si ella mandaba a llamarlo.

Si necesitaba ayuda por estar enferma, ¿porqué no llamaba a su médico? Esto a Juan le parecía demasiado sospechoso. Tehua era la última persona con quien el habría imaginado encontrarse en casa de su madrastra. No cabía duda de que aquí había gato encerrado, y Juan no iba a darse por vencido hasta descubrir la verdad.

Al llegar a la sala, también la encontró vacía y a oscuras igual que el despacho, de forma que avanzó rápidamente hacia el pie de la escalera.
Fue entonces que finalmente le pareció escuchar algo en el piso de arriba. Era una voz muy baja, casi un susurro, pero al menos era el primer indicio de que, en efecto, había alguien en la casa.

Juan se apresuró a subir las escaleras para evitar ser descubierto, pero cuando iba por la mitad, le sucedió algo tan extraño, que tuvo que detenerse de inmediato. Fue algo tan sorprendente que casi no lo pudo creer, mas a la misma vez, la sensación era innegable. Estaba completamente convencido de que no lo había imaginado.

Al subir las escaleras, había sentido como si una nube invisible de miedo estuviese flotando sobre los escalones. Juan nunca le había temido a la oscuridad en su vida. Durante sus viajes en altamar, muchas veces se había encontrado con tormentas tan torrenciales que todas las linternas en el Satán se habían apagado, dejándolo en tinieblas absolutas.

Otras veces se había perdido con su caballo en el bosque y había tenido que dormir a la intemperie bajo una oscuridad tan densa que no le permitía ni verse sus propias manos. En todas estas ocasiones, Juan nunca jamás había sentido miedo alguno por estar a oscuras.

Era por eso que estaba seguro de que el temor que había percibido al subir las escaleras era algo externo, como si fuera una presencia invisible que acechaba desde las sombras y que asustaba a todo aquel que pasaba por ahí.

<<¿Será por eso que Doña Sofía envió a Joaquín a buscar a Tehua?>> se preguntó Juan para sus adentros.

De todas maneras, por más tenebrosa que fuera la sensación que lo había sobrecogido de repente, aún así tenía que continuar hacia arriba para averiguar de una vez por todas lo que sucedía con su madrastra. Al llegar al segundo piso, volvió a escuchar murmullos de nuevo, y, esta vez sí reconoció lavoz.

Era Tehua, quien sonaba como si estuviese haciendo una invocación en un enigmático dialecto indígena. Siguiendo el sonido de los murmullos de Tehua, Juan llegó hasta la puerta de la habitación de su madrastra. Un tenue rayo de luz se escapaba por las rendijas de la puerta, la cual no estaba del todo cerrada.

Juan avanzó de puntillas hacia la puerta y se asomó por el resquicio. Sobre la cama, alcanzó a ver a Doña Sofía acostada boca arriba con sus ojos entrecerrados. Habían velas rojas prendidas formando un círculo que rodeaba la cama. Tehua estaba dentro del círculo de velas, parada a un lado de la cama. En sus manos tenía un ramito seco de hojas blancas prendidas con un fuego leve que quemaba muy despacio.

Mientras hacía sus invocaciones, Tehua sacudía el ramito de lado a lado para cubrir a Doña Sofía con el humo que emitía de las hojas.

Juan simplemente no podía creer lo que sus ojos estaban presenciando. Su madrastra tenía que estar en un estado de desesperación extrema para someterse a un ritual tan insólito como este. Si bien era cierto que la partida de su hijo Andrés le había afectado muchísimo a Doña Sofía hasta el punto que esta se había vuelto sorprendentemente humilde, aún así ella seguía siendo bastante altiva y arrogante.

Algo muy serio debía de estarle sucediendo para obligarla a hacer algo así.

Juan estaba tan concentrado en observar lo que pasaba, que no le prestó atención a un candelabro que estaba sobre una pequeña mesa redonda al lado de la puerta. Sin darse cuenta, Juan hizo un movimiento repentino y accidentalmente empujó el candelabro, el cuál cayó al suelo de inmediato, haciendo un ruido estridente.

Doña Sofía pegó un grito de pánico y se levantó de la cama en un instante, mientras que Tehua se dirigió hacia la puerta.

—¿Quién anda ahí?— preguntó Tehua, abriendo la puerta de súbito.

Fin del Capítulo 2
Continuará…

Sequel to Corazón Salvaje (1993) with Eduardo Palomo: El Fantasma de Aimée